Reconozco que el título quizás me ha quedado un poco sensacionalista, pero quería escribir esto desde hace un tiempo y el tema es de los que desata ríos de tinta entre fotógrafos, así que pensé que quizás mejor atacarlo con ganas.

Hoy me han llegado unos dípticos encuadernados a mano, muy bonitos, con dos fotos dentro, que en breve estarán en manos de una clienta. Imagino que, por lo menos durante unas semanas o meses, lucirán en casas ajenas, desplegados, enseñando las fotos que esconde su interior, sobre alguna mesilla de noche o una cómoda. Supongo que, con el tiempo -quizás dentro de un año, quizás antes, o después- serán cerrados y guardados con mimo en una estantería para abrirlos de vez en cuando.  Dentro de un tiempo más, es probable que nadie se acuerde de que existen. Hasta que un traslado o un cambio de muebles haga que caigan de nuevo en manos de alguien. Con suerte, las manos de la niña que aparece en ellos, hecha mujer.

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Nadie discute sobre si una foto impresa perdura más que un archivo digital, porque lo más fácil es que así sea. Es más probable que el pendrive, el CD o el disco duro falle y quede inservible antes de que la foto se queme en un incendio, o pierda color por el efecto de la luz solar. En eso creo que todos estaremos de acuerdo. También coincidirán conmigo quienes leen estas líneas cuando digo que, muchas veces, ni siquiera los fotógrafos encontramos la disciplina, el tiempo o las ganas para transformar en copias, álbumes o cuadros nuestras fotos familiares. Y a todos nos ha abandonado alguna vez el móvil, con fotos dentro que se vuelven irrecuperables.

Cada vez más, la tendencia entre los clientes es pedir las fotos digitales: el CD o el pendrive. Mucha gente me escribe pidiendo presupuesto y me dice que solo quiere los archivos, que no quiere nada más. Por supuesto que quiere algo más: quiere la tranquilidad de saber que esos “negativos” digitales están bajo su almohada y dormir más tranquilo. O quiere la comodidad de poder encargar las copias o álbumes por su cuenta. Quiere poder tomar esa decisión cuando le apetezca y como le apetezca. Y quiere poder elegir el proveedor que se encargará de producir esas copias o álbumes.

Yo misma, como fotógrafa que ha contratado alguna vez a otro fotógrafo, he recibido ese pendrive. Y aunque es fantástica la inmediatez de tenerlo ya, la posibilidad de poder compartirlo en redes sociales, por e-mail o ver las fotos en pantalla como fondo de escritorio, la realidad es que esos archivos me acompañan en mis discos duros como una especie de mascota que me mira con ojos apenados cada vez que abro cierta carpeta. Sé que están ahí, sé que tengo que cuidarlos y crear copias de seguridad, sé que me gustaría maquetar un álbum con ellos. Pero siempre hay otras cosas que hacer, y tristemente ahí siguen, casi todos ellos, a la espera de ser plasmados sobre un objeto físico. Me atreveré a ir un poco más lejos diciendo que no soy la única; que me consta que algunos de mis clientes que tienen ese pendrive en sus casas todavía no han encontrado el momento para decidir qué quieren y ponerse a ello.

Y luego está la sensación de vacío que me produce entregar un pendrive (o un enlace de descarga). Las veces en las que un cliente me contrata para una sesión íntegramente digital, no puedo evitar sentir que falta algo; tengo la sensación de dar un servicio a medias. De entregar un pan sin hornear. De servir un plato sin cocinar. Creo sinceramente que las fotos no son hasta que no se tocan. Creo que esa copia en papel -y no los archivos- es el punto que cierra la frase y da sentido a todo el trabajo anterior.

Vivimos una vida acelerada en muchos aspectos, nos hemos acostumbrado a la obsolescencia y al fast food. Para mí, la fotografía es todo lo contrario: es detenerse y reflexionar. Pero al mismo tiempo, tengo la sensación de nadar contracorriente cuando insisto en materializar las fotos para mis clientes. Así que, ¿qué aporto yo? ¿Qué os estoy dando cuando os entrego un álbum o un lienzo? Creo que la respuesta tiene muchas caras: en cada álbum hay un trabajo maquetando, por supuesto. Además de la elección del tipo de álbum y el proveedor que más se ajusta a mi visión y creo que encaja con las imágenes que he creado. En cada ampliación o cajita de copias hay un mimo añadido y una supervisión de todo el proceso; hay una elección de materiales, un control de calidad que no deja pasar dominantes de color o fallos en la impresión.

Hay, en definitiva, las ganas y el empeño de dar algo redondo, o lo más redondo que se pueda, en todos los sentidos. Para mí esa copia, ese cuadro o ese álbum es una parte indivisible de toda la experiencia fotográfica. No es un mero pedazo de papel – es EL pedazo de papel que envuelve mi caramelo para vosotros. Y no me vale cualquiera.

No en vano hay tantas otras compañeras de profesión que a su vez dedican mucho esfuerzo a encontrar la mejor forma de plasmar las fotos integrándolas en la decoración del hogar. En cualquier caso, si decidís quedaros solo con los digitales, pensad que estoy aquí para ayudar en lo que buenamente pueda a materializar esas imágenes. Os puedo recomendar laboratorios y proveedores; materiales, tamaños o colores. Y os repetiré -una y mil veces- que hagáis copias de seguridad de los archivos :P

 

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