Cuando nos subimos toda la familia al completo en el autobús de Barcelona a Solsona, no teníamos ni idea de lo que nos esperaba. Literalmente sí lo sabíamos: una familia con dos niños nos iba a acoger con los brazos abiertos y la promesa de comernos una sandía de su huerto. Mi misión era dejarme llevar y no soltar la cámara.

Ellos son Vanesa, Marc, Aran y Bruel, y no solo nos abrieron las puertas de un castillo, sino también las de su casa, su zona y todos sus secretos. Dicen que Castell de Ceuró es un hotel rural, un espacio gastronómico y una escuela de naturaleza, pero se equivocan.

Resulta casi imposible poner orden en lo que supusieron esos tres días compartidos: poder comer delicias sencillas con ingredientes cercanos, elegidos con mimo y tratados con sensibilidad. Incluida una brutal tabla de quesos y un zumo de sandía, claro. Supuso desocupar la cabeza de prácticamente TO-DA la pesada infraestructura familiar (y eso, teniendo cinco hijos, no tiene precio).

Supuso subirse a balas de paja y dar saltos sobre ellas (bueno, en mi caso, fotografiarlo). Supuso alimentar a las gallinas, recoger tomates del huerto (y comerlos sobre la marcha), y meter la nariz en una casa que tenía más de mil años de antigüedad y cuyas paredes ennegrecidas aún olían a humo. Supuso colarse en masías abandonadas en las que entraban rayos de luz dorada, con inscripciones en las paredes, calendarios antiguos y latas de conservas (qué sería de una casa abandonada sin latas de conservas).

Supuso también soportar el sofocón de los casi 40 grados que rozaba el Solsonès (y Marc me preguntaba sonriente: “Dices que te gusta el calor. ¿Tienes un tope máximo?”). Supuso aliviar el calor bañándose en el río (primera vez para todos mis hijos, que disfrutaron como enanos). Supuso disponer de coche propio prestado y recordar la libertad que proporcionan cuatro ruedas para moverte y perderte por el mundo. Supuso visitar el Zoo del Pirineu y probar un plato de pèsols negres. Supuso desempolvar la cámara por la noche y aventurarse a una exposición de un par de minutos, sin trípode y con el dedo como único disparador (sí, la foto nocturna es uno de mis hobbies frustrados – actualmente mi prioridad es dormir).

Pero fue mucho más que eso. El viaje nos permitió compartir largas charlas sobre maternidad (y paternidad); sobre lo que conlleva la vida como autónomo; sobre las ventajas y desventajas del campo y la ciudad; sobre las elecciones personales que nos llevan a vivir la vida que vivimos. Hablar sobre libros, sobre divulgación, sobre consumo responsable; sobre cómo cambiar el mundo. Filosofar sobre las redes sociales como escaparate vacuo, y al mismo tiempo, como punto de encuentro.

No puedo estar más feliz de haber tenido la idea loca de pedir a la gente que me invitase a cambio de invitarles. Mi intención inicial fue romper las barreras de la virtualización y quitarnos las máscaras de los perfiles, porque esto de publicar y comentar en una red social está muy bien, pero siempre te sientes un poco sola en tu trinchera. Pero, sobre todo, quería compartir una vivencia común sobre la base de un intercambio: liberarme de las ataduras de la relación fotógrafa-cliente y dejarme llevar en el plano creativo. No sé si lo he logrado. Después de lo vivido, creo que he quedado en una inmensa deuda.

Dicen que Castell de Ceuró es un hotel rural, un espacio gastronómico y una escuela de naturaleza. Pero, si me permitís que comparta un secreto, en manos de esta familia se convierte en un pequeño cachito de cielo en el que reposar el alma agitada. Moltes, moltíssimes gràcies, família.

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