Casi seguro que ya conoces la nueva «moda» de la comida real, con una legión de fans que han empezado a plantar cara al azúcar y demás porquerías ocultas en la comida industrial. Y quizás te parezca una exageración: seguro que tú y tu familia no coméis tan mal. Lleváis una dieta variada, carne, pescado, fruta abundante… Yo pensaba lo mismo.

¿Tan terrible es comerse una galleta de vez en cuando? No, no es tan terrible si es de vez en cuando. Pero el propósito de este post es demostrarte que tus hijos comen toneladas de azúcar todos los días, más o menos oculto, o incluso disfrazado de comida saludable dentro de productos ultraprocesados.

¿Qué es esto del realfooding exactamente? Comida real

Empecemos por el principio: es un anglicismo para que suene más bonito el concepto de «comida real». La comida real es comida natural, «de verdad»: alimentos procedentes de la naturaleza que comemos tal cual, o que procesamos mínimamente, sin añadirle aditivos. La mayoría de productos que podemos encontrar hoy en día en el supermercado no responden a esta definición porque están llenos de cosas añadidas –algunas necesarias, algunas innecesarias; algunas inocuas, y otras, claramente dañinas.

Desayuno saludable para niños con comida real
Bol con base de «weetabix», yogur blanco, copos de avena, semillas de chía y melón.

Mi viaje al extraño mundo del realfooding con mis hijos

Yo era como tú: pensaba que en casa comíamos todos más o menos bien. En la mesa había ensaladas, había carne, pescado, arroz, pasta, pan… y nos encanta la fruta a todos. En esa parte probablemente coincidiremos muchos. Lo que me hizo abrir los ojos fue un hecho aparentemente casual: mi hijo pequeño, el quinto, amaneció con un inicio de caries rampante con poco más de 18 meses de edad.

Visitar a la odontopediatra fue el empujoncito que necesitaba para ver realmente lo que no estaba incluyendo en la ecuación familiar: y es que no se trata solo de cepillarse los dientes con pasta fluorada (¡¡y desde el primer diente!!) sino de toda la porquería que comemos, especialmente los niños, a lo largo del día.

Dime si algo de esto te suena en tus hijos:

Desayuno – bol de leche con galletas, o un buen vaso de leche con Cola Cao. O, quizás, un bol con cereales de esos que llevan no sé cuántas vitaminas y minerales y son supuestamente tan sanos.

Merienda – yogur de sabores, pan Bimbo con crema de cacao, o quizás un sandwich de jamón dulce y un zumo de naranja.

Acabas de describirme la vida de los niños de una familia media que cree que come una dieta más o menos equilibrada, pero cuyo consumo de azúcar y ultraprocesados está claramente por encima del máximo recomendado por la OMS.

Desayunos y meriendas: el enemigo público número uno

Nuestros hijos crecen con todo este surtido ante sus ojos en las estanterías del súper, y a su alcance en la mesa de casa. Como padres, creemos estar dándoles lo correcto, o directamente, lo único disponible. Hemos integrado que la «comida para niños» es la que encontramos envasada y etiquetada a tal efecto en las tiendas, y hemos olvidado que una merienda o un desayuno puede ser otra cosa. Que, de hecho, ni siquiera tiene que ser dulce.

Debo admitir que, en la comida y en la cena, los niños no suelen comer tan mal. Normalmente no hay refrescos ni zumos en la mesa. Sí, probablemente caerán de vez en cuando unas hamburguesas con ketchup, pero por lo general, no es tan terrible. En mi experiencia como madre, por lo menos, el verdadero agujero negro de la alimentación infantil son desayunos y meriendas.

Y cuando te pasa como a mí, que te das cuenta de todo esto «tarde», cambiar la dieta de toda la familia (incluidos los niños mayores que llevan toda su vida consumiendo ciertos alimentos) no puede ser un giro repentino de 180 grados, sino un cambio de rumbo paulatino.

Realfooding para niños
Tostada de pan de espelta y centeno con crema de cacahuete SIN azúcar (ni sal, ni aceites, ni nada) y cachitos de plátano encima.

Mi experiencia tras año y medio siendo realfooders

Así que llevamos año y medio realizando cambios en casa para que todos comamos mejor. Por el camino ha habido de todo: los más pequeños son los que mejor lo han llevado, y entre los mayores ha habido más resistencias. Son niños de 12, 11 y 9 años que se saben la teoría: el azúcar (en todas sus formas, llámalo panela, miel, jarabe de arce o jarabe de glucosa) y los aditivos son chungos para la salud, pero les ha costado mucho ponerlo en práctica y mantenerse firmes.

En este proceso de transición hacia una comida más saludable es donde he visto el tremendo poder de la publicidad, de la disponibilidad de los ultraprocesados y de su normalización en todos los entornos. Mis hijos han sido el bicho raro que ha luchado en su colegio para que el yogur que les dan no llevase azúcar añadido. Lo han conseguido, pero en total no llegan ni a 10 niños (¡¡en todo el cole!!).

Después de todo este tiempo, ¿hemos conseguido erradicar el azúcar al 100 %? No. Seguimos consumiendo cosas como helados o pasteles, pero ahora sí puedo decir que es ocasional. No ocurre dos, tres, ni cuatro veces a la semana. Siguen babeando en las fiestas de cumpleaños (y siguen comiendo porquerías junto a todos los demás) y no han dejado de tomar ciertas burradas en determinados entornos. Porque tengo claro que es imposible forzarles; tienen que creérselo. Tenemos que creérnoslo todos y encontrar un punto de equilibrio, que para cada familia será distinto.

Pero ya no tenemos zumos en la nevera; los yogures son siempre naturales; los cereales para desayunar son copos de avena, y endulzamos con canela o dátiles. Hemos aumentado las raciones de verdura y hemos conseguido que la quinoa sea tan amiga nuestra como el cuscús. El pan hace años que viene de Baluard o Turris (antes lo hacía yo en casa con mi masa madre), si puede ser con algo de centeno o espelta, y no ha vuelto a entrar en casa un paquete de pan Bimbo.

Personalmente, para mí lo más duro de este viaje ha sido la sensación de que se reduce la variedad de cosas que puedes tomar (o, mejor dicho, que puedes comprar). Es una percepción falsa, porque solo hace falta ir a un mercado y ver la de comida real que puedes meter en la cesta de la compra. Pero, a pesar de que no soporto al dueño, el 80 % de lo que compramos en casa viene de Mercadona.

Bolas energéticas de avena, dátiles, chía y cacahuete. Un snack para satisfacer las ganas de dulce.

¿Qué puedo hacer para mejorar la alimentación de mi familia y mis niños? ¡Dime más!

Yo no soy experta en la materia, ni mucho menos. Este artículo pretende ser un testimonio personal en el que doy cuatro pinceladas por encima, pero si lo que buscas es información veraz y contrastada, no puedo dejar de recomendarte que sigas a personas como Carlos Ríos, Blancanutri o Juan Llorca en instagram. En sus cuentas publican constantemente datos y estudios, cuentan recetas, proponen retos para que pruebes a comer comida real durante un mes, y además lo hacen con salero y gracia.

Come comida real, el libro de Carlos Ríos sobre alimentación saludable

Si necesitas ideas para empezar a dar el vuelco de la alimentación en casa, te puede ayudar mucho el curso de alimentación saludable en familia con Juan Llorca y Melissa (Nutrikids). Mogollón de información condensada sobre cómo alimentar mejor a tu familia, estructurado en desayunos, comidas, meriendas y cenas, con ideas de recetas y un material audiovisual súper cuidado.

En casa nos hemos visto ya casi todos los vídeos del curso de Juan y Melissa, y debo decir que han sido un soplo de aire fresco para añadir nuevas combinatorias, sobre todo en desayunos y meriendas; porque al final se nos acaban las ideas y parece que repetimos una y otra vez lo mismo. En sus vídeos está todo muy bien explicado, y debo hacer una ola a lo que cuenta Melissa en la sección sobre meriendas. Una pregunta como esta: ¿por qué nadie contempla dar a sus hijos una pieza de fruta para merendar? Debería hacernos pensar, y mucho, qué estamos haciendo con la alimentación de nuestros hijos.

Por qué los niños necesitan comer comida real (más que tú)

La industria alimentaria sabe que los niños son un target maravilloso y apela a ellos por la vía directa: colores llamativos, canciones pegadizas, regalos coleccionables para animarles a comprar… y, cuando vas a mirar el envase, nadie te pone en primer plano el azúcar o el aceite de palma que lleva el producto. En lugar de eso, te resaltan que lleva la vitamina tal o cual para que crezcan sanos, que lleva un montón de calcio para tener los huesos más fuertes, o que tiene no sé cuántos millones de L Casei para reforzar su sistema inmunitario. De otro lado es lógico, claro: su objetivo es vender; no te hablarán de las debilidades del producto. Pero la realidad es que todos, o casi todos, los productos dirigidos a niños están llenos de (falsas) etiquetas saludables que nos inducen a pensar lo que no es. Llámalo mensaje subliminal. Llámalo fake news. Llámalo la ley de mercado.

¿Recuerdas la canción de la Nocilla? Leche, cacao, avellanas y azuuuuuucar! Ahora, si tienes un bote en casa, echa un vistazo a la lista de ingredientes y dime cuál aparece primero (y por lo tanto lleva en mayor cantidad): azúcar, aceite vegetal, cacao, leche, avellanas, por este orden.

Más de la mitad del bote de la crema de cacao es azúcar: 56 gramos de cada 100.

Pero nadie consume crema de cacao todos los días, ni en grandes cantidades, ¿verdad? El problema es que el consumo masivo de azúcar empieza ya desde muy pequeños, cuando todavía toman teta o biberón: las infusiones para dormir Blevit Digest son puro azúcar, literalmente. Los cereales que compras en la farmacia para sus primeras papillas llevan un porcentaje de azúcar descomunal. Y qué decir de los «primeros» yogures…

No se trata de gominolas y caramelos, o de cremas de cacao. Se trata de que prácticamente todos los alimentos industriales dirigidos a niños son una bomba de relojería. Cereales, galletas, yogures, zumos… incluso los embutidos llevan azúcar. Aprovecho para decir que la panela, la miel, el sirope de ágave y todo lo que se te ocurra no se diferencia en nada del azúcar común en cuanto entra en tu organismo: su efecto es el mismo.

Los adultos somos algo más conscientes de que un refresco o unas galletas de chocolate van cargadas de azúcar, y sabemos que no es bueno. Los niños están totalmente desprotegidos porque dependen de nuestro criterio a la hora de comprar, y la mayoría de los «alimentos infantiles» son una acumulación de despropósitos.

¿Y qué tiene de malo comer tanto azúcar, más allá de que provoca caries? Que provoca obesidad y un montón de problemas derivados, diabetes, problemas cardiovasculares… Yo no estoy capacitada para explicar todo esto bien, así que mejor echa un vistazo al documental Fed Up para abrir los ojos. ¿Tienes un ratito libre? Ahí va:

Espero haberte hecho pensar…

O que, por lo menos, hayas disfrutado leyendo mi aventura. Esto es como todas las revoluciones: no se trata de imponer sino de seducir. Pero estoy segura de que, con la información adecuada en la mano, aprenderemos a tomar mejores decisiones y a replantearnos lo que damos por sentado. Porque nuestra salud, y la de nuestros hijos, depende de ello.

Está claro que la alimentación es solo uno de muchos frente abiertos que tenemos en la actualidad: la contaminación ambiental no ayuda. O la sobreabundancia y el abuso de los plásticos. Llevar una vida sostenible parece misión imposible, y es probable que en muchos sentidos
lo sea si no estamos dispuestos a renunciar a gran parte de las comodidades que conocemos. Pero pasito a pasito :-)