Hace unos días, una compañera compartió este vídeo. Muestra un experimento con 4 mujeres a quienes se les propone hacer una sesión fotográfica profesional, con maquillaje y peluquería. Cuando les presentan el resultado final, las cuatro coinciden en que apenas se reconocen al ver esas imágenes.

El vídeo hizo que estuviésemos más de hora y media debatiendo en casa sobre el eterno “retoque sí vs. retoque no”, sobre los criterios que hacen que este tipo de imágenes se consideren el estándar de belleza occidental actual y la presión que eso supone para las nuevas generaciones de mujeres que crecen rodeadas de arquetipos idealizados. Nos fuimos por las ramas, y terminamos hablando de muchas cosas, de la esencia misma de la creatividad, el arte y las normas escritas y no escritas.

Volviendo al vídeo, ¿hasta qué punto nos gustaría vernos en una imagen tan alejada de lo que creemos que somos? ¿En qué momento deja esa idealización de ser fiel al concepto que tenemos de nosotros mismos? Pero al mismo tiempo, ¿hay alguien que quiera ver su peor cara cuando es retratado? Imagino que el umbral en el que se sitúe nuestra aceptación del retrato dependerá de muchos factores, empezando por la intencionalidad del mismo, el contexto en el que se tome o nuestra edad. Quizás hoy sí quiero sentirme modelo por un día, pero mañana me gustaría que se muestre mi lado más realista, con todos mis defectos (como en la fabulosa serie 4th Trimester Bodies, que muestra el cuerpo de la mujer tras dar a luz).

No quiero emitir ningún veredicto sobre si se debe retocar o no, o en qué medida. Creo hay espacio para todo; todo tiene su lugar y su momento, y el retoque fotográfico no es nada nuevo (si os apetece, echad un vistazo a la obra de Camille Silvy). Personalmente, en mis retratos no suelo hacer un retoque de piel muy visible. Aunque sí soy minuciosa, prefiero que mi mano se note lo menos posible y que el resultado sea realista. Y antes de que os adelantéis: no, la piel de un bebé de una semana de vida no es perfecta. Abundan las descamaciones, las rojeces, las manchas, los granitos y las legañas.

¿Y los adultos? ¿Y las madres y los padres de los bebés? Hay pequeñas cosas que podemos hacer antes de la toma para edulcorar y mejorar el resultado, desde el posado hasta la iluminación, el vestuario o el maquillaje. Yo intento centrarme en el momento, en el contacto y los lazos entre padres e hijos más que en buscar la pose perfecta. Pero, ¿qué ocurre una vez tomada la foto? No es extraño que nos pidan que usemos el botón “Arréglame” de Photoshop. Ese de ahí, el que lo mismo sirve para adelgazar que para oscurecer la raíz del pelo, quitar unas arrugas o aumentar la luminosidad del cutis. Ah, pero… ¿existe? Os cuento un secreto: no hay botón secreto. Bueno, sí, hay algunas acciones y plug-ins más o menos automáticos, que si te descuidas te dejan la piel como la de una muñeca de plástico. ¿Efectivos? Sí. ¿Sutiles? No mucho.

Y luego está el trabajo manual. Las horas y horas de trabajo especializado, el que está detrás de todas esas imágenes que nos rodean en la publicidad. En este caso, unos cuantos frames valen más que mil palabras -un vídeo del gran Edu Gómez retocando una imagen que yo daría por buena tal cual ;-):

Mi estilo está muy alejado de esta estética, y como decía antes, mi forma de retocar también. Pero a pesar de ello, me parece muy necesario mostrar cómo surgen este tipo de imágenes, tanto para desmontar el mito de que hay gente perfecta, como para recordar que un buen retoque exige un gran trabajo.

¿Qué esperas tú de un retrato? ¿Eres de los que prefiere esconderse, aparecer de refilón, o te gusta más dar la cara? ¿Con qué tipo de imagen te sentirías más cómodo?

Si existiese un botón “Arréglame”, ¿lo pulsarías?

 

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