Si de algo me ha servido mi experiencia fotografiando a recién nacidos y tratando con madres recientes, comadronas, doulas, asesoras de lactancia y gente relacionada con la maternidad en general, es para dar muchos giros a mi visión inicial del embarazo y el parto y comprender que no hay dos experiencias iguales. He visto y entendido nuevas formas de pensar y de hacer; he intentado aprender a respetarlas todas (no siempre es fácil) y, poco a poco, he ido cambiando mi forma de entender las cosas y mis prioridades.

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Pero no nos engañemos: el parto es EL momento. El día D. La hora H. El agujero negro por el que todas debemos pasar para ver la carita de ese inquilino desconocido al que hemos albergado durante nueve meses. Tenía anotado que quería hacer un post sobre el parto desde el principio de la serie sobre mi quinto elemento.

Y os iba a decir que, a pesar de los miedos que una pueda tener, parir es maravilloso. Que es un viaje a la incertidumbre, un viaje en el que no sabes qué te encontrarás por el camino -pero del que sí conoces el destino.

De acuerdo, puede ser doloroso: mucho. Quizás te pongan el gotero con oxitocina sintética (que será muy eficiente pero no es comparable a la natural, que por algo la llaman la hormona del amor) y verás las estrellas. O quizás, si tienes un parto natural, vives el famoso “aro de fuego” (sí, quema). Puede que termines agotada física y mentalmente, porque la experiencia te puede poner a prueba en muchos sentidos. Difícilmente podrás o querrás comer y, si tampoco has dormido en muchas horas, es fácil querer tirar la toalla por puro cansancio.

Puede que tengas que tomar atajos con los que no contabas. Puede que pases horas y horas intentando “fer feina” y que dilates muy poco a poco. Podría ser que surjan las temidas palabras “sufrimiento fetal” y haya que tomar medidas urgentes y drásticas. Que a veces se usan ventosas, y fórceps, aunque a nadie le guste, y que también hay cesáreas necesarias (sobre si son las que más o las que menos, mejor no opino).

O puede que te encuentres con un trato que no es el que esperabas recibir. Estamos de parto, pero no somos niñatas estúpidas y entendemos lo que se nos dice, cosa que a veces algunas comadronas parecen olvidar. Lo que sí es posible, y más que probable, es que estemos asustadas. Sobre todo si es el primero. Y ese miedo a lo desconocido, al cómo será, al qué voy a hacer – ese miedo nos paraliza y posiblemente nos hace más vulnerables y susceptibles de ser tratadas como niñas. Pero también hay comadronas que son un cielo, y saben acompañar y decir palabras dulces cuando más lo necesitas.

Por eso tenía muy claro que os iba a decir que somos poderosas. Que podemos y sabemos parir, y que hay que creérselo. Y que, incluso aunque haya atajos y baches inesperados y a veces las cosas no salgan como las hemos soñado, siempre hay un después. Cada parto es una novela que se escribe sobre la marcha y raras veces el guión es el que una idealiza. Pero no se derrumbará el cielo si hay una cesárea, o si nos privan del piel con piel (yo no lo viví con mis primeros hijos). Ni tampoco se vendrá el mundo abajo si no podemos o no queremos dar el pecho, o si con las prisas pinzan el cordón antes de que deje de latir. Poco a poco, con más o menos trabajo, las heridas sanan. Y la maternidad es un tren de largo recorrido – o así lo veo yo.

Mis primeros tres partos no fueron lo que se entendería por “malos” – no pasé dolor, fueron relativamente rápidos y expeditivos. Pero tampoco fueron la experiencia de mi vida; los viví como quien mira una película en una pantalla, como algo completamente ajeno a mí y nada emotivo. Con paquete de intervenciones de serie, que en ese momento ni me planteé cambiar, ni era consciente de que se pudiese. Mi cuarto parto fue otra historia: mucho más salvaje, imprevisto y doloroso, sí. Pero también lleno de sonrisas y más vivido, en todos los sentidos. Y no lo cambiaría por nada.

Cuando la barriga del quinto empezó a crecer pensé que tenía muy claro cómo iba a afrontar este nuevo parto. Que me gustaría tener una experiencia similar al anterior, con las mínimas intervenciones posibles, en un contexto relajado y agradable, concentrada en lo que se viene. Me sentía preparada y muy segura, sin dudas ni temores, incluso con ganas de parir.

Luego vino un sinfín de pruebas médicas, y sustos, y noticias no del todo buenas que me han tenido con el corazón en un puño prácticamente hasta ahora. Y ayer… ayer empecé a recordar y a imaginar que en cualquier momento podía empezar el show. Que una contracción iría seguida de otra y que cuando haces pop ya no hay stop. Y reconocí en mi memoria el olor de las aguas, el calor del bebé saliendo, la horrible luz del hospital, esas batas tan molonas que te pones para parir pero no sé para qué sirven, esa falta de intimidad. Y luego me imaginé intentando localizar a mi madre para que se encargue de los otros cuatro, yendo apurada, pariendo en los pasillos; o en el taxi, y volvieron a mí de nuevo los fantasmas del parto. ¿Cómo será? ¿Qué me encontraré? ¿Tendré miedo? ¿Seré vulnerable? ¿Me tratarán bien?

Pero… que no cunda el pánico, chicas. Saliendo del agujero negro viene un torbellino de amor y de eso sí que no me cabe ninguna duda.

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