Creo que alguna vez os he contado que, además de fotografiar, también traduzco. Según el momento, por mis manos pasan cientos o miles de palabras que mis dedos transforman en otras. Solo que no traduzco novelas, ni textos evocadores, ni poemas. Mi cerebro procesa cantidades ingentes de palabras que en su mayoría son vacuas. Frases comodín. Párrafos de carácter formal. Enumeraciones de prestaciones, funcionalidades, ventajas. Títulos que quieren parecer atractivos. Nombres convertidos en marcas registradas. De lo más interesante, vamos.

Cuando llevo unas horas metida hasta arriba en esta selva de términos, sofocada por el calor y aturdida por el ruido de tanto vocablo suelto, tengo que parar a coger el aire. ¿Cuántas palabras absurdas ponemos en nuestra boca todos los días? ¿Cuántas acciones sin sentido realizamos? ¿En cuántas tareas totalmente prescindibles volcamos nuestra energía para dar de comer a nuestras familias? Y no me refiero a hacer la lista de la compra o azuzar a nuestros hijos para que se duchen, sino a todo ese arsenal de información con la que bombardeamos y nos bombardean que no aporta nada a nadie, que nos deja fríos, que es un puro trámite. ¿Cuántos abrazos de verdad nos faltan? ¿Cuántos cafés con amigas? ¿Cuántos pequeños gestos que aporten luz a nuestro niño interior? ¿Cuándo dejamos de jugar y construimos una realidad adulta tan gris, disfrazada de colores brillantes y purpurina? No necesitamos algo tan distinto de lo que pedimos cuando somos así de pequeños. ¿No?

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