Confiesa: tú también sabes que es imposible. Durante los primeros años de escolaridad, los niños son literalmente un mar de mocos. Siempre con la candela colgando, de octubre hasta mayo, más o menos. Y es que de mocos los hay de todos los colores (y sabores): muy líquidos y transparentes; consistentes y verdes; y resecos, de los que se pegan por los alrededores de la nariz. Como fotógrafa infantil, son uno de mis archienemigos. En casi todas las sesiones, dedicamos un ratito a limpiar restos y adecentar orificios nasales para que el resultado final sea presentable. Y cuando todo falla, a estas alturas tengo ya mi propio filtro de Photoshop para quitar mocos rebeldes. Fuera bromas, aunque son necesarios, los mocos no solo provocan problemas estéticos sino que pueden ser una verdadera pesadilla para un bebé que mama por la noche, y en los cuadros catarrales pueden terminar acumulándose en el oído y provocar otitis.

Pero también pueden hacer su aparición mucho antes de que tu hijo vaya a la guardería: ¿quién no recuerda a su bebé de uno o dos meses respirando con dificultad en algunas tomas de pecho? Con Naoki recuerdo especialmente una época en la que, sin estar resfriado, siempre tenía un moco de esos duros y resistentes taponando su nariz. Se lo sacaba con todo mi amor materno, y al día siguiente amanecía con otro. En ese momento me habría venido genial tener a mano un buen aspirador que pudiese combinar con los lavados nasales con suero, porque el maldito (moco) se resistía a salir solo con líquido y la operación quitamocos se alargaba bastante más rato de lo que me habría gustado…

Por suerte, con el tiempo, los niños dejan de tener el moco perenne y aprenden a sonarse la nariz, así que te vas olvidando de lavados y aspirados. Pero siempre hay excepciones – mi hija mayor (4 añitos cumplidos ya) sigue sin saber sonarse, por más que lo intentamos. Ella nunca ha tenido muchos mocos, pero cuando los tiene, quitárselos es una auténtica tragedia griega. En fin: mi larga y dilatada experiencia con el tema me ha llevado a probarlo todo. Lavados nasales varios (con suero, con agua de mar, con y sin aparatejos asociados) y aspiradores nasales. Así que, cuando tuve la oportunidad de probar Nosiboo ante la inminente llegada de una nueva temporada de mocos a mi casa, quise ver qué me aportaba.

Inspira, expira… aspira

Los aspiradores nasales tuvieron su momento de auge y también de controversia. No se recomienda abusar de ellos, puesto que pueden resecar la mucosa interna de la nariz y provocar el efecto contrario al deseado. En el fondo, nada nuevo: “todo es bueno con moderación”, así que ojito con pasarse. Si tenéis curiosidad (y tiempo), podéis leer un máster avanzado sobre la cuestión en la web de Boticaria García. Personalmente, soy de las que usa el aspirado como complemento al lavado previo. Aunque un buen lavado nasal, solamente con suero, ya arrastra mucha porquería, hay veces en las que necesito una mano extra para retirar restos.

Nosiboo tiene dos aspiradores nasales: uno manual y otro eléctrico. Ambos comparten una boquilla cuyo diseño está muy bien pensado (os lo dice una que recuerda con horror los filtros del Narinel y los inventos varios que terminé haciendo para sustituirlos y no tener que gastarme el dinero en recambios).

A lo que iba: la punta de la boquilla es de un material suave y flexible (además de libre de BPA), por lo que difícilmente le puedes hacer daño al bebé. Pero lo mejor es que su diseño interior con un tubo con cuello hace innecesario el uso de filtros. La materia orgánica se queda atrapada en el compartimento sin peligro de que termines aspirándola por accidente, y su limpieza es muy sencilla.


Si eres de las que no puede ni pensar en aspirar eso por tu cuenta, el Nosiboo eléctrico sustituye la siempre atenta y abnegada boca de la madre (o padre) por un motor eléctrico que realiza la succión. Tiene la gran ventaja de que no puedes pasarte: la potencia de succión máxima está pensada para no dañar al bebé. En cualquier caso, puedes regularlo para que succione con menos fuerza, así que va de perlas. El diseño es llamativo y sus asas hacen que sea práctico llevarlo de acá para allá (no es cuestión menor, que con un crío pequeño terminas moviéndote por toda la casa llevando y trayendo cosas).

¿Inconvenientes? En el caso del eléctrico, por poner una pega, diría que el ruido. Mi hija tiene pánico al aspirador, a la campana extractora de la cocina… y al aspirador nasal. Solo lo tolera si lo ponemos al mínimo y con reticencias (no os dejéis engañar por la foto, que estaba apagado; la tía sabe fingir muy bien). Obviamente, un bebé de pocos meses no tendrá ningún problema con el ruido. La verdad es que, con bebés más mayorcitos o para no tener que andar con el aparato a cuestas (imagina tener que cargarlo en el coche cuando te vayas de fin de semana), el aspirador manual me parece más práctico y versátil.

Si tuviera que mejorar el producto, quizás modificaría el pico (la parte de la boquilla que se introduce en la nariz y que es flexible). Mientras que la caja central en la que terminan los mocos es totalmente desmontable y muy fácil de limpiar, el tubo interior del pico es largo, de unos 4 cm, además de estrecho, por lo que limpiarlo no es fácil. Si te acostumbras a pasarle un agua enseguida tras el uso facilita el lavado, pero si por casualidad te olvidas y dejas que el moco se pegue dentro… terminas haciendo trabajos de prospección con un bastoncillo de algodón. Por suerte, al ser flexible, puedes apretujarlo y ayudarte de la fricción interior haciendo fuerza con los dedos.

En cualquier caso, Nosiboo me parece una muy buena opción si estás en plena operación antimocos. Y si tienes programada una sesión de fotos conmigo, no te estreses: nos las apañaremos para disimularlos o borrarlos de un plumazo, Photoshop mediante ;-)

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