A lo tonto, a lo tonto, se acerca mi FPP (para los no iniciados: fecha probable de parto) y aquí sigo, sin preparar nada. Me temo que el síndrome del nido me pillará desprevenida y luego todo serán prisas. Por eso hoy quería dedicar unos minutos de mis neuronas a pensar en la canastilla. Sí, esa especie de lote navideño que se necesita para ir al hospital cuando te pones de parto y en el que -se supone- incluimos lo imprescindible para los primeros días de un bebé.

Mi relación con mi amiga canastilla empezó mal con mi primer hijo. En la consulta del ginecólogo (¿o fue en las clases preparto?) te entregaban una lista con todo lo que debías meter en la maleta. La dichosa lista a mí me hizo sentir como de otro planeta, y es que el hecho de tener que buscar en el diccionario 3 de cada 4 palabras con las que me topaba me abrió la puerta a una galaxia paralela. ¿Qué era una ranita? ¿Qué era una polaina? ¿Y una toquilla? ¿Qué aspecto debía tener una camisa de batista y por qué la necesitaría mi hijo? Por lo visto ese vocabulario no solo no estaba desfasado en el DRAE, sino que había tiendas especializadas en este tipo de prendas. Luego venían los accesorios imprescindibles: peine, cepillo, colonia (what?), crema del pañal, leche hidratante para la piel, baberos, alcohol de 70º, gasas.

Superada mi incredulidad inicial tras leer esos diez mandamientos, me hice con todo lo que allí ponía. Suerte que estas cosas solo las haces por el primero. Lo mismo que comprar todo tipo de extras y cositas bonitas y absurdas que luego no se usan jamás, pero la ilusión y las ganas de vivir la transición hacia la maternidad te impulsan a hacerte con todo: muñequitos pequeños, peluches grandes, doudous, zapatitos minúsculos, cajas de los pañales más extrapremium que puedas encontrar, toallitas húmedas, botes de varias cremas de bebé -hidratante facial, leche limpiadora hidratante, crema para el cambio diario de pañal, para el cambio de pañal con problemas, aceite de masaje y mil opciones más- que no se sabe para qué sirven. No te preocupes: en su gran mayoría, todas esas cremas no son necesarias para nada. Y a eso hay que sumarle el arsenal que espera en casa: móviles, pósteres y vinilos decorativos, cochecito de tres piezas, vigilabebés, bañera, cuna moisés y cuna grande, contenedor de pañales, esterilizador, chupetes, pezoneras, biberones por si las moscas…

En el apartado “mímate a ti misma”, después de las cremas antiestrías, cremas postparto, cremas varias para el pecho (¿ein?) y cremas para el pezón (santo purelan que no sirve para na-da y puedes sustituir por aceite de oliva), poco suele aparecer en la canastilla más allá de las bragas desechables y el camisón para la madre (¿camisón?? ¿eso no os suena a señora que vive en su casa de Falcon Crest?). No sé hasta qué punto tanto bote servirá para algo, pero bueno, está claro que a las mujeres lo de ponernos cremas parece que nos va.

Con el tiempo (e hijos sucesivos) he ido modificando mi canastilla particular hasta hacernos amigas y dejarla en un listado de mínimos, que os comparto por si ronda por aquí alguna otra futura madre despistada.
Esta sería MI CANASTILLA IDEAL:

Para #miquintoelemento:
– Pañales, toallitas (las más bio que pueda encontrar).
– 3 ó 4 bodys de algodón.
– El famoso gorro de algodón para las primeras horas en las que no regulan bien la temperatura.
– Añadir capas extra de ropa al gusto de distinto grosor según época del año.
– Mantita para arrullarle y/o fular para porteo (¡para salir por la puerta grande!).

Para mí:
– Bragas sencillas (para que sean desechables solo hay que desecharlas, ¿no?).
– Sujetadores normales (los de lactancia para cuando ya estés en casa y te haya subido la leche).
– El camisón Falcon Crest (para usarlo lo menos posible hasta que puedas ponerte tu ropa).
– Una bolsa de aseo y un par de mudas para volver a casa.

Salpimentar al gusto con accesorios no esenciales en función de ganas y presupuesto.

El alcohol de 70º para las curas del ombligo creo que ha pasado a mejor vida según las últimas recomendaciones, y los chupetes prefiero no meterlos en la ecuación hasta tener la lactancia bien establecida (que me conozco, Baldomero). Los baberos difícilmente los necesitarás si los primeros días toma solo calostro y su estómago es minúsculo. ¿Manoplas, patucos…? Nah. Mejor en mis brazos.

En mi modesta opinión, si hay algo que realmente te hará falta durante tu estancia en el hospital es:
– El mejor sparring que puedas encontrar (léase, tu pareja)
– Paciencia (mucha, mucha paciencia). Paciencia durante el parto, paciencia en las primeras horas de vida del bebé, paciencia para iniciar la lactancia, paciencia para que tu cuerpo vaya volviendo a su sitio, paciencia para adaptarte a la nueva situación.
– Oídos sordos a consejos no solicitados. Sigue tu instinto y lo que te dicte el cuerpo, y al resto, sayonara.
– Personal sanitario que te respete durante el parto y que no te separe del bebé después.

Pero debo reconocer que, del mismo modo que hay cosas a las que no encuentro ninguna utilidad real, también es cierto que hay productos que son realmente útiles (me atrevería a decir imprescindibles). No hace falta llevarlos al hospital, pero sí puede ser bueno tenerlos en el “nido”.

El sacaleches (pero que sea eléctrico, por favor, a menos que quieras fortalecer tus bíceps). La de horas que hemos compartido sacaleches varios y yo, y la de apuros de los que me ha sacado (ausencias planificadas, momentos de rechazo del bebé por enfermedad o huelga de lactancia).

El fular y/o mochila de porteo. No sabes -repito: no sabes- lo brutalmente eficaz que es para ganar autonomía recuperando las dos manos y el efecto somnífero que tiene en los bebés. Favorece el apego, facilita la lactancia y te permite poner el lavavajillas. De diez.

Un mínimo botiquín siempre a mano: termómetro, paracetamol, ibuprofeno. Nunca se sabe cuándo puede tener sus primeras décimas y es mejor tener herramientas antes de que nos dé el ataque de histeria de primerizos.

El teléfono de un alma de confianza a quien recurrir en caso de desesperación aguda (créeme, no es extraño que la haya).

Y toneladas y toneladas de pañales.
Y toneladas y toneladas de confianza en ti misma, porque todo irá bien y porque tú puedes.
Para todo lo demás, Mastercard.

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