Esta tarde, volviendo del cole con mi séquito particular, hemos cruzado una línea roja. Vale, no era roja, era blanca. Y es que hemos cruzado la calle usando el carril reservado a las bicis, en lugar de hacerlo por el paso de peatones, y nos hemos topado con un simpático ciclista que nos ha espetado un “Esto es un carril bici, IMBÉCILES, SUBNORMALES!!”. A lo que no me ha dado tiempo a responder otra cosa que un “Gracias” con una sonrisa. Kai me miró preocupado y preguntó por qué no usábamos el paso correcto. Le dije que la circulación en ese punto está pensada para los coches, y el rodeo que debemos dar los peatones para llegar al otro lado es descomunal. Si el ciclista hubiese tenido a bien detenerse quizás podríamos haber conversado sobre ello. Sabemos que no es buena idea usar su carril e intentamos minimizar las molestias, nos apartamos tanto como podemos… Si, por casualidades de la vida, el ciclista fuese el peatón, quizás lo vería igual. Pero en estos cruces callejeros fugaces no hay tiempo para empatizar, y termina todo a gritos. Más o menos igual que cuando se cruzan dos o más madres con puntos de vista divergentes sobre alguna práctica de crianza. Vamos con el hacha a cuestas. Madres del mundo: estamos todas en el mismo mar. Con distintos barcos, pero en el mismo mar embravecido de criar a nuestros hijos. Con el primero hice cosas que ahora, con el quinto, ni se me ocurriría repetir, y probablemente estoy metiendo la pata tanto o más ahora que antes. La maternidad es un extenuante proceso de reciclaje continuo que puede llegar hasta lo más profundo de nuestras convicciones para darle la vuelta a todo. Pero es difícil dejar a un lado el bagaje y la experiencia propios para abrir paso a los ajenos. Mi trabajo me ha llevado a conocer a muchas mujeres en plena inmersión en la maternidad, y he podido escuchar sus testimonios y vivencias, pero sigo aprendiendo a morderme la lengua. No es fácil exponer tu propia visión y escuchar la de otros en un tema que parece una cama de pinchos. Pero ahí estamos. Intentando charlar con ciclistas mientras cruzo una calle invadiendo su carril, y pensando cómo pedirle a Ada que nos abra paso a los peatones.

A %d blogueros les gusta esto: