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Ayer me topé con una foto de mis pies en la que aún tenía barriga y pensé que ya iba siendo hora de hacer balance. Han pasado dos meses desde que llegó Naoki y su pastel de zero anys. Durante todo el embarazo me sentí confiada y segura de poder con lo que vendría. Al fin y al cabo, después de cuatro hijos y dedicándome a fotografiar a bebés ajenos, un quinto no puede ser para tanto… sabía que me tocaría cambiar muchos pañales, que dormiría poco, que serían unos meses algo caóticos en los que todo se recoloca en la infraestructura familiar. Sabía que hacemos un buen equipo con Leo y estaba convencida de que el barco no tendría que enfrentarse a un gran temporal; a lo sumo, navegaríamos con un mar algo picado.

Pero la realidad es que, una vez más (quién dijo que no se tropieza dos veces con la misma piedra) siento que me faltan manos. Y pies. Y horas al día. Y neuronas para procesarlo todo. Nuestra barquita para dos que en su día se transformó en velero ahora es un flamante barco de carga que consume mucho combustible, con tripulación sin experiencia a la que le falta rodaje. Sorprendentemente, llego bastante entera al sofá por la noche – o eso cree mi conciencia, porque más de una vez me he despertado pegada al sofá a las 3 de la madrugada (y solo porque el pobre Naoki se queja desde la habitación). Supervivencia, supongo. Pero no me quejo; aguanto el chaparrón y continuamos para bingo, que en nada serán tres meses, y luego seis, y poco a poco veremos la luz. Y luego, en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, hasta lo echaremos de menos.

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Aunque si hay algo que no me esperaba ha sido el efecto bola de nieve en nuestros paseos por la calle. No hay día en el que, ante la visión de nuestra multitud andante, alguien no se nos quede mirando descaradamente, como quien ve una atracción de feria. Incluso algún turista despistado nos ha hecho fotos (pensaría que, puestos a inmortalizar la Sagrada Família, mejor quedarse con los especímenes del lugar). No recuerdo que cuando “solo” teníamos cuatro despertásemos tanta curiosidad entre el personal.

Lo mejor de todo es cuando nos detienen para soltar la clásica pregunta “Esto… perdona, pero… ¿son todos tuyos??”. No, señora, me los han dejado prestados, pero luego los devuelvo. Son solo para aparentar. Pero no: sonrío amablemente y suelto una pseudocarcajada diciendo que sí. Y luego viene lo bueno: “Estaréis entretenidos, ¿eh?”. Esa es la versión light de la más directa y despiadada “Uf, dan mucho trabajo, ¿verdad?”. A lo que sonrío de nuevo con cara de panoli dándoles la razón: sí, mucho. No se preocupe, que ya me doy yo el pésame todas las mañanas. Verá, yo es que soy masoca, me va autofustigarme y eso.

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A pesar de todo, de vez en cuando te cruzas con algún alma feliz que te hace soltar una sonrisa desde lo más hondo de tu ser. Como el otro día, cuando la señora de turno directamente me felicitó (“Pues oye, ¡felicidades! Que esto no se ve todos los días…”). O ayer, cuando me topé con una bisabuela (bastante joven, por cierto) que, tras contarlos a todos (“espera, déjame que los cuente: uno, dos, tres, cuatro… ¿la niña también es tuya?”) soltó un efusivo “Pero bueno, ¡esto se merece un aplauso!”. Ahí mi sonrisa se transformó en asombro. Y para sentenciarlo, me prometió que rezaría por mí a la Virgen de las Alegrías y le diría (supongo que hablarán a menudo) que le dé muchas alegrías a aquella chica de los cinco hijos.

En ello estamos. Con mucho sueño, cansancio, mal humor, llantos desconsolados, una threenager loca, tres niños con arranques preadolescentes y la casa por barrer – pero rodeados de alegrías. Aunque a veces cueste verlas entre tantos estorbos ;-)

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