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Miro ahora a Nui mientras toma el pecho y todo me parece tan fácil. Sus ojitos saltones, su risa boba. Con ella todo ha sido así: un parto rápido y divertido; un agarre a la primera. Una succión que me dolió un poco al principio, pero al cuarto día estaba más que superado. Y, desde entonces, un placer. Come sin agobios, duerme como un tronco, y a sus ocho meses cumplidos no tiene ansias de desplazarse a ningún lado, ni gateando ni de pie. Como dirían sus hermanos, es una estuata.

Sus hermanos… sus hermanos fueron otra historia. Podríamos decir que lo mío con la lactancia materna ha sido fruto de la paciencia y la perseverancia, porque con mi primer bebé no llegué muy lejos. Mixta desde casi el principio, biberones en exclusiva desde poco más de los tres meses. Con grietas, sangre, y ese maravilloso cuadro de dolor y confusión de la madre primeriza (aunque también debo decir que nunca sufrí mastitis ni problemas mayores). Ahora, viéndolo desde el tamiz de la experiencia, estoy convencida de que pagué la novatada en muchos aspectos. Y no hablo solo de lo duro que me resultó establecer la lactancia, sino de los motivos que me impulsaron a abandonarla. Y, concretamente, a hacerlo sobre los tres meses.

Me refiero a las crisis de crecimiento. O brotes. O como les llamen. De hecho, durante mucho tiempo los mencioné en mi web porque me parece un dato valiosísimo que solo conoce un… ¿0,5 % de todas las madres que llegan al estudio? Y eso, siendo muy optimistas. Desde que descubrí esa píldora de información, no alcanzo a entender por qué no la incluyen en el manual de conocimientos básicos de la madre lactante, ni por qué no lo mencionan obligatoriamente en todos los cursos preparto.

¿Crisis? ¿Quién dijo crisis? Resulta que los bebés tienen que crecer. Mucho. Y muy rápido. En 12 meses se transforman por completo y adquieren muchísimas habilidades, y para hacer todo eso necesitan energía. Y resulta que la producción de leche de su madre tiene que adaptarse a todos esos cambios, pero no puede hacerlo al instante y necesita un poco de tiempo.

Efectivamente, crisis. Crisis es cuando un bebé necesita más de lo que nuestro cuerpo puede darle al mes y medio (y por eso reclama más teta que nunca, a todas horas, y llora, y se arquea, y se pone nervioso). Crisis es cuando, a los tres meses, del pecho de mamá ya no sale leche enseguida, sino que hay que esperar 2 minutos de reloj hasta que el camarero nos sirve el plato, con el consiguiente cabreo y desesperación. O cuando una mosca sobrevuela la habitación y es distracción suficiente como para soltarse del pecho. Podéis leer todo y más sobre las crisis de crecimiento en este interesante artículo que abarca edades hasta las que todavía son muy pocas las mujeres que se animan a amamantar.

El primer brote de crecimiento ocurre alrededor de las tres semanas de vida del bebé. No es una ciencia exacta, por lo que puede ocurrir a los 15 días, a los 17, a los 20… Algunos bebés lo acusan más; otros apenas manifiestan señales. Pero la cuestión es que, de golpe, ese bebé que “solo come y duerme” se convierte en una especie de Gremlin que solo quiere succionar y no parece calmarse ni saciarse de ninguna forma. ¿Solución? Teta. Y más teta. Y más teta. Y abrir el paraguas y aguantar el chaparrón hasta que pase el diluvio.

Diréis: “Bueno, ¿y qué?“. Pues que… además de descamarse, además de aparecer los primeros signos de acné, tenemos una crisis. Y, por algún motivo relacionado con las alineaciones planetarias, es frecuente que esa crisis coincida con… ¡tachán! la sesión de fotos del recién nacido.

Los hay más fáciles de contentar que otros, pero hay días en los que me dan ganas de colgar un cartel en el estudio que rece con letras grandes “Gremlins no, gracias”.

 

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