Como ya conté en su momento, el embarazo de Naoki (mi quinto elemento, para los amigos) fue un festival de sonrisas y lágrimas sembrado de pruebas médicas y una servidora baja, muy baja de ánimo y de fuerzas. En cuatro días cumple 11 meses, y echando la vista atrás me he dado cuenta de que casi no he vuelto a hablar de él desde que nació.

Dicen los expertos que el desarrollo de un bebé está salpicado de picos, crisis y brotes. Lo cierto es que el periodo comprendido entre los dos y los ocho meses ha sido una etapa dura (¿acaso no lo sabías ya, jamía, que es el quinto!!?) de mucha demanda, poco dormir, más llantos de los que me gustarían y un bebé que aparentemente estaba a disgusto la mitad del tiempo que pasaba despierto. Si a eso le añadimos otros cuatro niños en casa y unos padres desbordados, no os engañaré: tuve mis momentos de querer salir corriendo a tomarme unas cervezas sin mirar atrás. La cuestión es que, poco a poco, el protagonista de la historia empezó a controlar su cuerpo, a deslizarse por el suelo en modo “comando militar en camuflaje sigiloso” – primero solo hacia atrás, después hacia adelante y, con el paso de las semanas, dominando los giros laterales. También aprendió a comunicarse con las risas, las caras de asombro o de susto. A hacer pucheros. Y a ponerse de pie. Y a tirarme del pelo. Y a comer de todo con solo dos dientes. Y a dar abrazos con la cabeza. Y a dormirse metiéndome los dedos casi en la garganta.

Y esa furia inicial que parecía estar contenida en un cuerpo que no respondía a sus expectativas fue tornándose una cara pícara y divertida, claramente más a gusto con lo que su dominio físico le permite hacer en este mundo. Ahora puedo decir que tenemos en casa a un bebé feliz, con la sonrisa puesta casi todo el día, que hasta empieza a descansar mejor, a comer más a gusto, y a disfrutar de la vida.

Hace un par de días, hablando con el padre de la criatura™, nos dimos cuenta de algo. Algo que ya sabíamos, por supuesto, pero que –como no hay más ciego que el que no quiere ver– no habíamos visto. Estamos haciendo *todo* lo que no habíamos hecho con ninguno de nuestros hijos anteriores. Todo lo que las malas lenguas te dicen que no debes hacer. Todas esas líneas rojas que se supone que no debes cruzar, por el bien de tus neuronas, de tu intimidad, de tu… de la paz mundial. O algo así.

Yes, efectivamente, así es:
Naoki duerme en nuestra cama. Siempre.
Naoki come encima de mi regazo. Siempre.
Naoki es porteado en el portabebés. Siempre.
Naoki está con nosotros. Siempre.

Hemos tenido un moisés en la habitación. Y prometo que hará unas dos semanas que lo cambiamos por una cuna. Que no ha pisado más que dos horas seguidas. También tenemos una trona Stokke, heredada de sus hermanos, que tanto uso le han dado. Pero él no parece tenerle especial simpatía, porque lo que mejor sabe hacer en ella es ponerse de pie para salir reptando por encima de la mesa. También tenemos un Maclaren. Nuevo. NUEVO. Nuevo, he dicho. Que no ha vuelto a catar desde que tenía… ¿8 meses?

Y por supuesto, él tiene cuatro hermanos más. Y cuatro abuelos. Y muchos tíos. Aunque desde que empezó su crisis de separación, no le sirve nadie más que nosotros dos. Así que aquí está, con nosotros. Siempre. Durante las sesiones. Por las mañanas. Por las tardes. Por las noches. Intentar dejarle un momento entretenido con sus hermanos para poner una lavadora requiere un plan tan elaborado como el del robo de un diamante en un museo. Conseguir que se quede en el comedor mientras su padre hace el desayuno por la mañana y no tenerle pegado a las piernas cual serpiente enroscada implica grandes dosis de ingenio y un máster en el arte del despiste. Y ya no digamos meterse en el baño. Mirar el móvil. Responder un e-mail.

Solo el quinto podía traer consigo un récord como este. Y solo el quinto podía conseguir que me importe un pepino que sea así. Y que lo disfrute como a ningún otro, y me ría de todo lo demás. Y dejar que me quiera. A demanda.

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