No sé si os lo imagináis, pero la mayoría de fotógrafos sufrimos un trastorno compulsivo de comparación de álbumes. O papeles. O marcos. O cualquier otra forma de plasmar nuestra obra en un objeto físico. Pasamos épocas de relativa tranquilidad con los materiales que ofrecemos, seguidas de recaídas graves en las que probamos uno y otro acabado, en una especie de frenesí interminable. Bueno, no sé si la mayoría de los fotógrafos lo padecemos, pero yo sí. Y la verdad es que pasaba por uno de esos momentos de relativo contentamiento con los álbumes que estaba ofreciendo, hasta que -casualidades de la vida- tuve un problema que me obligó a replanteármelo todo. Me quedé sin mi álbum básico, el de cabecera, y emprendí una búsqueda apresurada por encontrar alternativas.

Un álbum de fotos permite agrupar en un solo objeto un conjunto de imágenes, y darles unidad, cohesión y narrativa. Lo malo de los álbumes es que no los hay “buenos” o “malos” per se (los hay mejor o peor acabados, eso sí). Existen tantas posibilidades como gustos, y resulta muy difícil casarte con una con la que te identifiques. Para que veáis una muestra, aquí os enseño el grosor de la tripa de tres álbumes bastante diferentes entre sí. Y el de la derecha es con el que me he quedado: un álbum impreso con tinta sobre papel, de 20 páginas, ligero pero flexible, todoterreno a la par que delicado.

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Uno de los detalles que se agradecen es que tiene una funda translúcida semirígida. Actúa a modo de estuche protegiendo el álbum del polvo, y al mismo tiempo permite identificarlo de un vistazo sin tener que abrirlo. Lo puedes poner junto a otros libros en tu estantería favorita.

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Las tapas son fotográficas, por lo que se puede poner una sola imagen que abarque toda la cubierta, o hacer una composición de dos, o de varias, con o sin título. El tacto es agradable y cálido, y su acabado es mate; nada de brillos ni reflejos.

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Y el interior… las hojas son un lujo. Un papel del grosor justo, de acabado matificado, páginas fáciles de pasar, flexibles, con una buenísima calidad de imagen.

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Un detalle muy importante: las páginas se abren 180 grados y quedan planas, con solamente un ligero hendido central. Esta es la típica característica que suele diferenciar un álbum de un libro, pero que en este caso permite disfrutar de lo mejor de ambos mundos: si te horripila la idea de tener en casa un “libro gordo de Petete”, este es un álbum manejable y ligero, en el que el centro no se hunde como en un libro y te permitiría disfrutar de imágenes a doble página.

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Creo que es una buena elección: bien acabado; sobrio, pero abierto a la imaginación en el diseño de la portada; minimalista, pero con carácter. ¿Qué os parece?

Tal como decía al inicio de esta entrada, las posibilidades son infinitas. Quizás tu idea de álbum para tu bebé recién nacido es un tesoro del que querrías disfrutar solo en momentos especiales, con un proceso de producción totalmente artesanal, con tapas cubiertas de materiales naturales, con hojas rígidas y un peso específico, o con una caja de presentación… si es así, lo que te acabo de enseñar seguramente no es lo que buscas. ¡Pero tengo varios ases en la manga! ;-)

 

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