Los que me leéis desde el inicio de los tiempos ya sabéis que he hecho algunas tímidas incursiones en la fotografía de nacimientos. Empezó como un proyecto personal, con la idea de ir documentando formas de nacer, experiencias diversas, historias que en apariencia pueden ser totalmente opuestas, pero que tienen siempre algo grande en común. Pues bien, con el tiempo el proyecto ha tomado forma y ha pasado a tener nombre propio: se llama 40+2 y es la unión de dos fotógrafas (servidora y Mireia Navarro, con quien también comparto otras aventuras como Dits Petits). Lo cierto es que el hecho de viajar acompañada allana mucho el terreno y facilita la infraestructura (porque podemos dividirnos mejor las agendas), pero si hay algo que nos ha unido en este proyecto es una gran conexión personal y el hecho de que ambas compartimos la idea de que podemos aportar algo -aunque sea humildemente- a la experiencia del nacimiento desde la fotografía.

Llevo días pensando en escribir esta entrada, y creo que no hay mejor momento para hacerlo que en la semana mundial del parto y el nacimiento respetados. Cuando buscábamos nombre para nuestra aventura conjunta y acordamos llamarla 40+2, más allá del juego de palabras “40 semanas, 2 fotógrafas”, quisimos escribirlo en la misma nomenclatura que se usa para hablar de las semanas de gestación. Nos guste o no, la “fecha de caducidad” de cualquier gestante en la mayoría de casos son las 40 semanas. A partir de ese momento, todos los días son como minutos de prórroga de un partido que debería haber terminado. Cualquiera que haya hablado con una mujer más allá de las 40 semanas sabe la presión psicológica que supone sentir esos minutos añadidos, que puede convertirse en verdadera ansiedad ante la perspectiva de una inducción o una cesárea como la culminación inevitable.

En este país sigue habiendo mucho que hacer para que los nacimientos estén mejor acompañados, sean más respetados, se asistan con menos prisas y menos intervenciones. Nos falta aún mucho cariño, mucha empatía y una mirada mucho más centrada en la mujer y menos en las manos que la asisten. Al mismo tiempo, las mujeres somos las primeras que debemos tomar conciencia de nuestro papel activo en todo el proceso para las cosas cambien. Porque *todo* cambia cuando nos sentimos empoderadas, capaces, informadas y, sobre todo, seguras de que estamos en las mejores manos posibles. Y en ese sentido es donde creo que la fotografía puede ayudar:

  • Podemos mostrar que cada parto es distinto.
  • Podemos mostrar que cada mujer tiene ritmos, preferencias, deseos diferentes y todos son igualmente respetables.
  • Podemos mostrar que la mujer que es partícipe de las decisiones que afectan a su embarazo y parto lo vive desde la tranquilidad y la seguridad.
  • Podemos mostrar que una cesárea también se puede hacer desde la conciencia de que es un momento trascendental para la madre y el bebé.
  • Podemos mostrar el poder de las palabras, las miradas y los gestos que acompañan.
  • Podemos mostrar que las intervenciones, cuando son necesarias y se plantean desde la transparencia, son más que bienvenidas.
  • Podemos mostrar que hay grandes personas y profesionales atendiendo nacimientos.
  • Podemos mostrar la importancia de los pequeños gestos, como el pinzamiento tardío del cordón, el respeto al piel con piel o la posibilidad de estar acompañada por quien una desee.

Vivir un parto como espectadora y, más concretamente, detrás de la cámara, te coloca en una posición extraña.
En algunos momentos fugaces, te reconoces en algunas de las cosas que ocurren a tu alrededor, reviviendo tus propios partos. En otros, los nervios te aceleran el corazón. Te estremeces escuchando los sonidos de la mujer que está de parto y la tremenda energía y fuerza que desprende. Te contagias de la oxitocina que flota en el ambiente. Se te escapan sonrisas y más sonrisas involuntarias.

No siempre ves cosas que te gustan. No sabes si lo que tú ves es lo mismo que ve la pareja que está pasando por la experiencia. Pero sí eres consciente de estar en un lugar privilegiado, y sabes que las imágenes captadas cuentan historias de vida. De su vida. De la vida. Antes o después de la semana cuarenta, más o menos dos, tres, cuatro o cinco.

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